Until It Sleeps
Pensé que después de comprarme un portátil empezaría a sacarle provecho al tiempo libre y escribiría más, pero no; tipeo cosas y las dejo en modo borrador pero me cuesta un montón sentarme a convertirlas en posts. Supongo que algo tendrá que ver con la pésima administración de los momentos de ocio que he tenido durante las últimas semanas: no importa a qué hora llegue a casa ni en qué momento me despierte, ni siquiera importa cuántas horas duerma al día, por alguna razón siempre me parece que puedo dormir un poco más. Y es lo que hago, sin remordimientos.
Las consecuencias son predecibles: decenas de pendientes en la lista de posts por escribir, fiestas ignoradas, capítulos de series pasados por alto y sobre todo, la sensación de que estoy envejeciendo a una velocidad preocupante. Saben, a veces creo que debería renunciar a esto y abrirme una cuenta en Tumblr, donde basta con subir la foto de alguna celebridad víctima de la violencia doméstica o copiar una frase célebre de algún millonario exitoso para sentir que estás al día con tus responsabilidades en internet. Y ya que toco el punto, cumplo con comunicarles que llegué a la conclusión de que el GustaPOD no puede salir al aire todas las semanas, es imposible. Por más que trato producir todo a tiempo para grabar y editar con rapidez, el asunto siempre demora más de lo previsto y el afán por cumplir va a terminar arruinándolo todo, así que de ahora en adelante los episodios serán publicados cada 2 semanas, que me parece un período bastante prudente y amigable. Para mí, sobre todo.
Ya para terminar, he decidido embarcarme en un experimento que probablemente ocupará la mayoría de mi tiempo libre y que espero compartir con ustedes, los miles de lectores que visitan este blog a diario, dentro de un mes. Llevaba rato pensándolo y justo esta semana he conseguido la excusa perfecta para darle salida así que a partir de hoy, mientras ustedes se divierten con sus cosas, yo estaré ocupado con otras.

Deséenme suerte, la voy a necesitar.
La prensa nacional y el bully del colegio
Hace algún tiempo decidí que no volvería a leer la prensa nacional con la frecuencia que solía hacerlo. Así es, unos meses atrás anulé por completo el ritual de hojear el periódico temprano en la mañana o chequearlo en internet al llegar a la agencia, entre otras cosas, porque me cansé de leer las notas salvajes de siempre y yo, que soy un paranóico natural, no necesito que nadie acentúe esa paranoia.
Efectivamente hay un problema grave de inseguridad en Venezuela, la crisis mundial existe, la gripe porcina está diezmando gente en los cinco continentes, el cupo de CADIVI apesta, las importaciones se están reduciendo, grandes transnacionales se han visto forzadas a cerrar sus puertas no sin antes patearle el trasero a miles de empleados que ahora están en la calle desempleados, no hay margarina Chifon (que rockea demasiado y la extraño con todo mi corazón), Phil Rudd se fue de AC/DC y mil cosas más están sucediendo justo ahora, pero aún así no quiero que las noticias del día me hagan sentir más miedo del necesario. Shit happens; ya lo sé, lo entendí y trato de tomar mis precauciones pero desde hace algún tiempo ya, procuro no ver ni leer noticias porque me parece que los noticieros locales son como esos bullies que molestan a los niños más pequeños del colegio.
Me explico mejor. Para mí, entre la prensa venezolana y el bully que me quitaba la merienda en el recreo parece haber una cosa que los separa y otra que los acerca: la que los acerca es que ambos me cagaban el día a patadas sin que pudiera defenderme y la que los separa es que a diferencia de la prensa, el imbécil del colegio no mediaba palabras. Cuento esta intimidad, a modo de introducción, porque me parece justo que conozcan los antecedentes que me llevaron a renegar de los medios impresos informativos de este país, mi país, tu país. Más aún cuando hoy, frente a todos ustedes, escribo este post para declarar oficialmente que me equivoqué; para confesar que juzgué mal, que no sabía lo que hacía, que era jóven y necesitaba el dinero.
Hoy estoy acá para compartir con ustedes un evento que me abrió los ojos, un suceso que dejó claro el hecho de que vivimos en otros tiempos, donde la información de primera mano es el plato fuerte del día; ayer, niños y niñas, tuve una especie de revelación que renovó mi fe en la prensa nacional.
¿Y cómo sucedió? ¡Cuéntanos ya!
Si les soy sincero, no me lo esperaba. Me tomó por sopresa. Yo estaba en la agencia, dignificando el oficio publicitario como suelo hacer todos los días, cuando Greta dejó caer en Twitter el link a una una nota publicada en el Diario Últimas Noticias. La bondad del comando “manzanita+shift+4″ me permite recrear para ustedes el momento en que supe que debía retomar el hábito de leer el periódico porque obviamente habían cosas de las que me estaba perdiendo:

La nota en cuestión, como habrán podido darse cuenta, hacía referencia a Paul McCartney. Sir Paul McCartney. Hasta acá todo bien, excepto por el hecho de que la señora Carmela Longo, la autora del artículo, aparentemente dio por sentado que sus lectores tendrían 10 años de edad en promedio.
Carmela Longo, que probablemente escribe sus artículos en WordStar, decidió que estaría bien publicar una nota de prensa sabiendo de antemano que ninguna de las personas que podrían estar interesadas en leerla iban a creerle. Carmela, que al parecer desconoce los servicios que han hecho de Google la marca más valiosa del mundo (100.000 millones de dólares según reveló un estudio realizado recientemente por Millward Brown Optimor), tuvo la valentía de bajar -a la fuerza y sin éxito- el perfil de un músico que tiene en su haber 50 hits #1 y 400 millones de discos vendidos y que además, a la hora de hacer un cheque por miles -sino millones- de libras esterlinas, podría escribir la palabra “Sir” antes de su nombre, si así lo quisiera.
Carmela, reconozco que me gustaría comentar a fondo cada una de las tonterías que te han dejado publicar pero ya Greta lo ha hecho en un post lleno de referencias históricas que recrea casi a la perfección este divertido episodio publicitario:

En este caso, tú serías el Audi.
La cuestión es, Carmela, que muchos estamos cansados de leer atrocidades en la prensa. Algunas de ellas, como las enfermedades contagiosas y las muertes violentas por armas de fuego, son inevitables y alguien tiene que hablar de ellas y publicarlas, porque son reales y nos afectan a todos pero no hay derecho a ser emboscado por notas de prensa baratas como la tuya, escrita con ese lenguaje populachero y sensacionalista que nos toma por idiotas.
Dejo esto hasta aquí porque son las 9pm y aún no he cenado, pero antes de irme quisiera decirte -en plan de consejo que puedes tomar o no- que los ignorantes con poder, los bullies, los neo-nazis, los que oyen música a todo volúmen sin audífonos en el Metro, los políticos que juegan a la candelita, las advertencias del FBI que aparecen al inicio de los DVD’s y que no se pueden skipear, las vallas de “¿Sed o no sed?” de Nestea, los Gobiernos que juegan con el dinero y las ilusiones de sus pueblos, las pizzas con anchoas, Paul Gillman y los periodistas sin vergüenza son como una colonia de parásitos que no es combatida con el medicamento indicado: nos estorban y nos contaminan.
Now move on, lady. There’s nothing to see here.
Here and Now
Time to relax. Hoy, en plena celebración del día del orgullo laboral, de alguna manera me siento como el tipo que introduce “Smash”. No tengo una copa de vino en la mano, no estoy recostado en mi sofá favorito con los pies descalzos montados sobre la mesa y estoy escuchando Eels en lugar de The Offspring, pero aún así, siento que puedo tomarme unos segundos para escribir esto sin ningún apuro, sin ganas de irme a dormir, sin desdén. Hoy, queridos lectores, estoy acá para hablar de cómo Matt Cameron me ha dado una lección de vida.
Verán, hace un par de semanas compré mi primer iPod. Usado. Está como nuevo pero usado al fin. A estas alturas, cuando Apple ha desarrollado unas 7 generaciones del producto, hablar de mi iPod usado como si fuera una novedad no tiene ningún sentido, sin embargo lo haré. Eso sí, antes les contaré algo: de un tiempo para acá, no importa lo que haga, siempre me parece que podría estar haciendo algo mejor en otro lugar. Es como estar en el aeropuerto con un pasaje a Australia y todos los gastos pagos pero sin ganas de pasarse 20 horas sentado en un avión, pensando que tal vez sería más fino cambiar el ticket y viajar a un destino más cercano pero al mismo tiempo, no queriendo renunciar a las olas gigantes, las chicas bronceadas en traje de baño, la bonanza australiana y las cosas gratis. Esa sensación pero multiplicada por diez. Así de mal.
Desde hace unos meses me parece que todo lo que hago es una pérdida de tiempo, que todo es demasiado cuesta arriba y a decir verdad, por momentos creo que podría ahorrarme el mal rato largándome a una ciudad donde las cosas funcionen medianamente bien y los esfuerzos individuales tengan una vida más digna. Claro, eso no sería garantía de nada porque no me importaría trabajar en El Corte Inglés por un tiempo si la recompensa es la tranquilidad de una ciudad como Barcelona, por ejemplo, pero tampoco me anima mucho dejar a un lado la publicidad (que me gusta y me entretiene) para pasarme la vida haciendo inventario de turrones y cartones de vino para preparar tinto de verano.
¿Y qué tiene que ver todo este drama existencial con un iPod usado y el baterista de Pearl Jam?
Paciencia, a eso voy. Gabriel, el amigo que me vendió el aparatico, lo dejó cargado de música buena y mala. Cuando digo mala, me refiero a La Oreja de Van Gogh, Mecano, Alex Ubago y ABBA; cuando hablo de buena música quiero decir Jimi Hendrix, Johnny Cash, Pantera y, ya que lo mencionan, Pearl Jam. Esta banda siempre me ha parecido muy humana, tanto que cuando a Eddie se le olvidan las letras o Jeff se equivoca en una línea de bajo durante algún concierto, el incidente pasa por debajo de la mesa porque hay algo que va más allá del fanatismo desmedido y que te anima a olvidarte del error para apreciar cosas más valiosas; momentos únicos como las caídas de Vedderman al final de “Alive”, los solos de guitarra en formas de convulsiones salvajes de Mike McCready, los setlists sorpresas, el baile de gallinita que hace Stone y, como no, los discursos entre canciones.
Esos minutos que se toman las buenas bandas durante los shows para hablarle al público y establecer/acentuar esa conexión emocional que convierte a los conciertos en eventos tan especiales siempre me han hecho mucha ilusión y hay que reconocerlo, Eddie se luce en esos momentos. Será por eso que cuando lo escuché hablando al final de “Severed Hand” en el bootleg de Tampa’08 que venía con el iPod, me quedé en silencio por unos minutos pensando en lo que acababa de decir.
Pause, rewind.
Escuché de nuevo la breve intervención y segundos más tarde, la cabeza empezó a pesarme un poco más de lo normal. Me miré al espejo y ahi estaban: dos orejas de burro firmemente erguidas. El epicentro del suceso, a continuación:
HERE AND NOW
Para el que no se lleve bien con el inglés, Eddie Vedder dice algo como esto:
Saben, creo que hablo por toda la banda e incluso el crew, no sé.. no estoy muy seguro… escuchamos que estamos tocando en Tampa pero…el nombre del edificio tiene algo que ver con San Petersburgo?… Sé que hoy pasaremos la noche en San Petersburgo… pero luego veo una bandera canadiense y… ¡no se donde coño estamos!
Le pregunté a Matt Cameron… Matt Cameron en la batería, justo allí… y le dije: “Matt, dónde coño estamos?” Y me respondió: “Ed, estamos en el aquí y el ahora”. Así que bienvenidos al aquí y el ahora, estamos muy contentos de que puedan estar aquí con nosotros.
Qué coñazo. No se si ustedes ven la conexión pero a mí me quedó claro.
Escuchar eso de “el aquí y el ahora” fue como recibir una llamada de atención que me hacía falta, una sacudida que me ha hecho retomar asuntos pendientes y que me invitó a dejarme de pendejadas y hacer las cosas de una buena vez. Si es aquí o en otro lugar, ya lo veremos, de momento no me apetece preocuparme de eso, prefiero ponerle fecha al próximo episodio del GustaPOD.