EN BUENOS AIRES: No aceptamos Master Card

por gustaborracho

En mi casa, Barquisimeto, 9:30 p.m.

Recién llegando a casa y estoy desecho, exhausto, reventado pues. Pasamos 9 días durmiendo entre 3 y 5 horas diarias; bebiendo cerveza, ron y tequila, caminando varios kilómetros todos los días y ya a estas alturas, creo que empezamos a ceder. En fin, trataré de poner esto al día rápidamente, para no dejar cosas por fuera…

Martes 8:
Salimos en al Abasto Shopping para comprar un par de cosas. En la noche nos fuimos a cenar con Camilia y Eugenia a Cabaña Las Lilas, uno de los restaurantes más selectos de Puerto Madero. Las Lilas es un sitio fancy, con una terraza que da hacia el puerto y que tiene una estupenda reputación por su cocina, particularmente por las carnes. Considerando eso, ordenamos bife de costilla, bife de chorizo y vino tinto. Nada mal.

Sin embargo, debo decir que el escenario era algo extraño… allí estábamos, en uno de los sitios más exclusivos de Buenos Aires comiendo carne de primerísima calidad y bebiendo vino tinto, en la orilla de un romántico puerto con dos simpáticas muchachitas. En fin, comimos y pedimos la cuenta… 530 pesos. Vale, no pasa nada, nosotros somos millonarios y esa cuentica era una menudez. Ram y yo vamos en busca de nuestras tarjetas de crédito, para pagar lo que nos tocaba y… ¡zapatina! Dos sorpresas:

1. Ram no consigue su tarjeta de crédito. A vaina mala. Empezamos a recordar donde podría estar y llegamos a la concluisión de que la había dejado en la tienda Adidas de Abasto, pero no estábamos seguros. En ese momento, empezaron a aparecer los sentimientos que acompañan este tipo de situaciones… stress, incertidumbre y un poco de temor, por aquello de que la tarjeta pudiese estar en malas manos, como las de una turista compradora compulsiva, por ejemplo. No es nada alentador pensar que alguien puede tener tu tarjeta de crédito en uno de los Centros Comerciales más populares y mejor surtidos de Buenos Aires. Nada podíamos hacer hasta el día siguiente, así que le digo a Ram: “No importa, yo pago y luego me pagas”. En ese momento surge la sorpresa Nº 2:

2. Saco mi tarjeta de crédito (prepagada, así que no tiene nada extraordinario) y la paso junto con la tarjeta de Eugenia. El mesonero las toma, las revisa y me pregunta:

– ¿No tenés otra tarjeta que no sea una Master Card?

– No. ¿Qué tiene de malo la Master Card?

– Nada, pero es que aquí no aceptamos Master Card. Tenemos exclusividad con Visa y con American Express.

– ¿Qué? No puede ser. ¿Acaso no has visto los comerciales de Master Card? Es la tarjeta más aceptada del mundo. Hay cosas que no tienen precio, pero para todo lo demás existe Master Card… ¿no?

– Sí, sí, sho sé, pero es que aquí no aceptamos Master Card, no sé por qué.

– Pues me podías haber avisado antes de ordenar, ¿no crees?

– En la entrada están unos stickers de Visa, no hay de Master Card.

– Vale, pero no los ví, son demasiado pequeños.

– Bue… no aceptamos Master Card.

– Insisto, creo que debiste avisarnos. ¿Será que puedes llamar al Gerente?

– Si, si, sha lo shamo.

El mesonero entra y a los minutos sale el Gerente del restaurant.

– ¿Me shamaron?

– Si, disculpa, pero es que nos acaban de decir que no aceptan Master Card. Es raro que en un súper restaurant como este no se pueda pagar con una Master. ¿Por qué?

– Ché, no se, nosotros hemos tenido varios problemas con turistas que vienen y luego quieren pagar con Master Card, pero es que por alguna razón aquí no la aceptamos. Creo que los dueños del restaurant tienen un problema con Master, de hecho, los Gerentes de Master Card han venido al restaurant para buscarle una solución al asunto, llegar a un acuerdo viste, y nada que ver.

– Vale. ¿Y qué pasa si no tenemos otra tarjeta? Afortunadamente tenemos otra (la de Eugenia) pero… ¿qué pasa si no hay otra alternativa?

– Bueno, aquí siempre buscamos una forma de resolver, viste. O los shevamos a un banco o al día siguiente los visitamos en el hotel y les damos tiempo de conseguir el dinero. Siempre hay formas.

– Ok, ni modo, cárgalo todo a la otra.

Y así fue. Toda la cuenta, directo a la tarjeta de Eugenia. Qué galanes que somos. Pero ni modo, no había nada que hacer… Ram no tenía tarjeta y mi Master Card estaba recibiendo un golpe bajo en la boca del estómago (o mejor dicho, en la bolas). Todo un suceso que echa por tierra una serie de comerciales de TV que ya son leyenda. Vaya cosas que tiene la publicidad.

Y así terminó nuestro día, caminando por Puerto Madero a 6 ºC, mientras procurábamos no morir de hipotermia.

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