EN BUENOS AIRES: Al Borda de la locura

por gustaborracho

Sigo con los updates de nuestra vuelta por Buenos Aires. Los próximos post vienen sin fotos porque Ram las tiene todas en su compu, así que hasta que no tenga en mis manos el valioso respaldo fotográfico y audiovisual, estas entradas se vienen peladas.

Miércoles 9:

En la mañana salimos todos juntos, algo enratonados, al Centro Psiquiátrico del Borda, un lugar en el que cientos de esquizofrénicos pasan sus días luchando contra sus patologías, enfrentando temores y plasmándolos (a través de la pintura) en diferentes soportes tales como el cartón, el aluminio, el papel y el lienzo. Así es, en este centro hay un señor llamado Carlos, que es artista plástico y además ha hecho varios estudios vinculados con la psicología y la arte terapia, que les brinda ayuda y afecto a estos sufrientes de esquizofrenia y los anima a drenar sus temores mediante la pintura. El sitio es impresionante. Hay poco más de 6.000 obras, todas hechas por personas que tienen diferentes niveles de esquizofrenia y están exhibidas en un galpón gigantesco, que sirve de escenario para que visitantes ocasionales como nosotros, entremos en contacto con una extraña realidad.

En Borda convergen cientos de jóvenes que sufrieron algún trauma durante su niñez y que eventualmente fueron manifestando conductas esquizofrénicas. Allí se les brinda ayuda, medicinas, comida, vestido, hogar y lo más importante: afecto. Muchos de ellos no saben que en que día o año están, oyen voces y definitivamente, viven una realidad totalmente diferente. Eso lo pintan y el resultado es espeluznante y sorprendente, todo a la vez. Se ven imágenes que refieren al suicidio, al cristianismo, al amor, al miedo, al desconsuelo y la soledad, a la familia y al sentir humano, entre otras cosas. Pero lo mejor de todo no fue ver las pinturas (que fue genial) sino entrar en contacto con sus misteriosos autores, que nos contaron sus historias con el alma. Realmente, visitar el Borda ha sido una de las más experiencias más valiosas de este paso por Buenos Aires.

Luego, a mediodía, llamamos a la tienda Adidas en la que Ram había comprado el día anterior y preguntamos si su tarjeta e identificación personal estaban allí. Efectivamente, el muy varado pagó y dejó las dos láminas en la tienda. Total que nos fuimos a la tienda a buscar la tarjeta y tal, comimos y regresamos al Esponjario para girar entorno a la visita que hicimos en la mañana. Hablamos de nueva sensorialidad y hasta nos convertimos en diferentes insights… algunos se transformaron en montañas rusas y nosotros en útiles escolares. Él resto de las puestas en escena, sinceramente, no las recuerdo ahora. Lo siento.

Al final de la noche decidimos continuar nuestra racha parrillera y nos fuimos a “Siga la Vaca”, un restaurant ideal para los turistas de bajo presupuesto. ¿Por qué? Bien, entre otras cosas, porque a cambio de 37 pesos recibes un plato de entrada (generalmente vegetales de todo tipo con sus aderezos), un plato principal (bife de lomo, de costilla, chorizo, pollo, chinchurrias, etc.) y una botella de vino. Todo la comida en plan “all you can eat”. Fantástico. Salimos pidiendo perdón y rogando toparnos con un alka seltzer, pero aún así nos fuimos en busca de algún dancfloor en el que pudieramos poner a prueba nuestras excepcionales habilidades para el baile. Lamentablemente, y por alguna extraña razón, cuando llegamos al sitio que sugirió Carlos ya todo el mundo estaba de salida. Intentamos ir a otro sitio y estaba cerrado, así que colgamos los guantes y nos fuimos a dormir. Creo que la carne, los vegetales y el vino me patearon el trasero.

Siga la Vaca 1 – Gus 0

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