Visitas guiadas para combatir la rutina laboral

por gustaborracho

Creo que todos, desde que somos niños, nos hacemos cierta ilusión con el trabajo que deseamos tener “cuando seamos grandes”. Por supuesto, en mi caso, eso de “ser grande” definitivamente nunca tuvo que ver con la estatura sino más bien con esas experiencias que acompañan el crecimiento del vello púbico y el cambio de voz, con la responsabilidad que implicaba tener un pequeño anillo de metal con las llaves de la casa, con la alegría de las primeras mesadas; en fin, tenía que ver con el complicado camino hacia la adultez.

En aquel entonces creo que nunca soñé con ser doctor, ni bombero, ni policía, ni piloto de aviones; tal vez lo único que me interesaba era tener un trabajo divertido. Recuerdo que me hacía ilusión jugar fútbol como los señores que veía en la tele durante Mexico ’86… parecía que la pasaban bien, corriendo de un lado a otro y celebrando cada vez que hacían gol. Pero lo del fútbol no era una alternativa, no señor, por algo nunca aparecía Venezuela en los álbumes de los mundiales.

Total que salí de bachillerato, empecé a estudiar Ingeniería Electrónica y a los dos años me cambié. La ingeniería no era lo mío. Preferí pasar a eso de la publicidad, que se veía interesante y mucho más divertido. Pero por encima de todas las cosas, la carrera parecía tener algo especial: las chicas que estudiaban publicidad no tenían bigotes, ni barba, ni se les unían las patillas con los pelitos de la nuca. Ya eso era ganancia. En el Poli habían ocasiones en las que dudaba antes de saludar a ciertas chicas… no sabía si darles un beso o estrecharles la mano. En serio. Algunas tenían el cabello corto, no usaban prendas muy femeninas y tenían unos bigoticos que me confundían cuando las veía a lo lejos. Ya cuando se acercaban era muy tarde para reaccionar de manera natural y entonces me quedaba a medio camino, entre el beso y el apretón de manos. Era extraña la situación.

En fin, entré a estudiar publicidad y el panorama cambió. Mujeres por todos lados, fiestas entre semana, cervezas los lunes por la noche, días libres… era perfecto. Lo más fino era ese rumor que giraba entorno a las agencias: más fiestas, más mujeres y más cerveza, aunque si me hablaron de que habrían menos días libres. Sin emabargo, eso no importaba porque a fin de cuentas para eso quería graduarme: para trabajar. Y así fue. Mientras estaba de pasantías conseguí mi primer empleo y me quedé allí durante año y pico, luego hice un workshop de creatividad en Madrid y regresé a trabajar nuevamente, en otra agencia; una in-house que pertenece a una mega corporación repleta de mujeres.

En ese momento pensé que el rumor de agencia se potenciaría, pero que va. Poco a poco me fui dando cuenta de que cada vez eran menos las fiestas, menos las cervezas entre semana y en especial, menos las chicas nuevas que conocer. Lo terrible del asunto es tener que pasar más de 8 horas metido en una oficina viendo a las mismas personas todos los días, durante meses o años enteros, sabiendo que las posibilidad de ampliar el círculo social se van reduciendo drásticamente. Creo que somos muchos los que arrivamos al trabajo muy temprano en la mañana y salimos -totalmente agotados- cuando ya ha oscurecido. Llegamos a casa sin ánimos de salir a fiestear entre semana, no tenemos tiempo para esas cervezas de los lunes por la noche; lo único que parece interesarle a nuestro cuerpo es una cama blandita en un cuarto oscuro y fresco.

Pero más allá del cansancio, lo peor de esta situación es tener que ver a las mismas compañeras de trabajo (que no nos gustan), una y otra vez. Las mismas piernas, los mismos peinados, los mismos sostenes de encajes, las mismas liguitas de pantaletas, los mismos cuentos trillados del novio que las cela desenfrenadamente y las mismas risas malintencionadas que surgen cada vez que hablan del chico que pretende enamorarlas (en vano) enviándoles chocolates y flores a la oficina durante la hora del almuerzo. Es una locura.

Entonces, propongo lo siguiente: ya que no hay mucho tiempo para conocer gente nueva y las personas que hay en la oficina, por una u otra razón no son una alternativa, los jefes deberían planificar con una agencia de masajistas una especie de invasión sensacional al trabajo. Sí, una suerte de visita guiada a la empresa -similar a las que hacen los niñitos en primaria- pero en donde los “visitantes” son chicas exhuberantes, solteras, fanáticas de la buena música y el alcohol, voluptuosas y simpáticas; mujeres desenfrenadas con ganas de vivir nuevas experiencias en compañía de un director de arte o un redactor, por ejemplo. No estaría mal ¿o sí?.

Yo creo que esa dinámica podría dar pie a un compartir bien especial entre los anfitriones y las visitantes, que sin duda harían más agradable el ambiente de trabajo y como todo sabemos, ese bienestar emocional siempre se traduce en ganancias para la empresa. De hecho, podrían hacer una prueba piloto y si todo marcha bien (tanto para los empleados como para los empresarios), se podría programar visitas sorpresa una vez por semana, que incluso animarían a todos a llegar temprano y no faltar jamás.

En fin, esta propuesta no tiene desperdicio… a ver si la consideran, amigos empresarios.

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