No se preocupen, yo me encargo del hostal

por gustaborracho

El tiempo vuela, como no. Hace un año que anduve mochileando por Europa y debo decir que fue una experiencia inigualable, que vale la pena disfrutar al menos una vez en la vida. Ese rollo de planificar las rutas, pescar vuelos en oferta, descubrir lugares repletos de historia, beber cerveza como loco, comer kebabs de 1 euro y Boston Chocolates en Dunkin Donuts, ver chicas semi desnudas broncéandose en los parques y compartir con gente tan particular fue extraordinariamente interesante y valioso, desde todo punto de vista. Tanto así, que miles de personas -jóvenes en su mayoría- viajan a Europa todos los años, ansiosos de recorrer con su mochila los rincones más pintorescos del Viejo Continente.

Claro, no todos los que se animan a iniciar la travesía corren con suerte. Algunos la pasan muy mal. Y con esto no me refiero a los mochileros que por error se enamoran de unas exhuberantes chicas eslovacas que luego les tienden una trampa mortal y terminan involucrándolos en un juego despiadado donde hay gente que se divierte pagando por verlos envueltos en una macabra tortura que se desarrolla, a escondidas, en el sótano de un viejo hostal. Eso, señores, es lo de menos. Los que han viajado alguna vez de mochileros saben que nada resulta más escalofriante, terrorífico, siniestro y atormentante que llegar a un hostal que nada tiene que ver con el que viste en internet.

Definitivamente, allá afuera hay mentes enfermizas que se divierten creando páginas web de hostales que ofrecen cómodas habitaciones, conveniente ubicación, instalaciones totalmente renovadas y un completo desayuno gratuito que prácticamente no existen; repugnantes personajes que nos invitan a disfrutar de un acogedor hostal con amplia terraza en la que suelen hacerse parrilladas de verano mientras que decenas de rubias europeas bailan desenfrenadamente hasta el amanecer, proyección de películas en pantalla gigante todas las noches y los fines de semana, una increíble banda tocando en vivo el mejor bossa nova del planeta. Toda esta farsa la plantean con una sutileza que sólo desarrollan los sádicos más radicales.

Ellos, desde algún sótano húmedo y oscuro, dan forma a un pertubador juego en el que terminan participando -ingenuamente- todos los mochileros que durante horas buscan en internet el hostal ideal para sus vacaciones. Las pobres víctimas pasan semanas -incluso meses- viendo como locos las fotos de cientos de hostales, leyendo comentarios en forums de viajeros, fantaseando con las noches de rumba en la terraza y las rubias desatadas, indagando minuciosamente acerca de las instalaciones de cada prospecto, sacando cuentas y tomando notas hasta que finalmente creen encontrar la opción perfecta. Un hostal económico pero acogedor. Modesto pero limpio, que es lo importante. Un lugar céntrico, ubicado en el casco histórico de la ciudad y a pocos metros de la estación principal de tren/metro. Una perla cuidadosamente colocada en la mágica Europa, pues.

Mochila a cuestas y maleta de sueños en mano, cada quien inicia su aventura. Unos pocos afortunados arrivan a un lugar con características similares al que reservaron online pero la mayoría de los mortales -los que pasaron más tiempo frente a la compu buscando la mejor alternativa- terminan alojándose en un hostal que nada tiene que ver con lo que estaban esperando. Esa situación, en algunas ocasiones, es forjadora de pesadillas insufribles. Yo en Europa corrí con suerte (obviando el episodio Roma – por cierto el Hostal Cristina es UNA MIERDA) pero en Buenos Aires no tanto. ¿Por qué? Bien, porque prácticamente todo lo que ví en la página web del Hostal BAIT no existía y eso, lamentablemente, sucede en todos los rincones del mundo. Los hostales, institutos de educación, hoteles y demás proveedores de servicios han aprendido a cazar taritas colocando fotos encantadoras en sus websites, aún sabiendo que el cliente potencial no encontrará nada parecido cuando arrive al lugar.

Yo me pregunto: ¿Por qué coño tienen que poner fotos de cosas que no lucen igual cuando llegas? ¿Por qué hablan de inmensas terrazas con parrilleras, computadoras con conexión wi-fi, bandas de bossa nova en vivo, pantallas gigantes e insuperable desayuno americano cuando en realidad lo que tienen es un balcón a medio terminar, 2 PC que usan eternamente el carajo que atiende en la recepción y la chama que limpia, un disco de Bossa N’ Marley (odio toda esas series de pacotilla) o dos pendejos mal tocando el intro de “Stairway to Heaven” o “Nothing Else Matters”, una sábana enorme donde proyectan películas rusas sin subtítulos y un miserable desayuno que con suerte incluye -bombos y platillos- una taza de café, 2 galletas y 1 gr. de mermelada de piña? ¡No jodan!

Y ni hablar de las amplias habitaciones y la céntrica ubicación. ¡Por favor! Cuando estuve en Polonia, la página web del hostal en el que me hospedé decía que estaba cerca del terminal de autobuses de la ciudad, en el casco histórico de Cracovia; además las habitaciones eran baratísimas y tenía un bar gigante donde vendían cerveza a mitad de precio. No podía pensarlo dos veces, tenía que reservar de inmediato. Cuando llegué, el hostal quedaba a no menos de 10 Kms. del terminal de autobuses (tal vez exagero un poco, pero estaba lejos) y no había forma de preguntar direcciones porque en Cracovia, como era de esperarse, la gente prefiere ser fiel a su lengua natal y no traicionarla pronunciando cosas en inglés, mucho menos en español.

Terminé entonces caminando durante 2 horas sin un rumbo muy claro, con una mochila no poco liviana en mis hombros y decifrando avisos de ruta en polaco hasta que finalmente llegué al Krakow Nathansvilla, que sinceramente valió la pena reservar. El único detalle fue la ubicación, que no era tan práctica y conveniente como ellos la pintaban (“10 minutos a pie desde la estación de autobús”), pero de resto el sitio es recomendable al cien por cien.

Sin embargo, a veces todo falla y nada se parece a lo que viste en internet. Sino pídanle a Héctor que les cuente como lucía el hostal en el que se está quedando cuando lo vió por primera vez en Internet y cómo realmente es ahora que está allá. En las fotos había un patio precioso, con grama y árboles pero en realidad “no hay ni una mata de cayena” y además, “el hostal aparentemente es para gays, pero ahora hay un poco de hijos de puta jodiendo en esa vaina y el marico de la recepción nos odia”. Me parece justo que en algún momento las cosas salgan mal para el que tiende la trampa.

Finalizo entonces esta humilde protesta rogándole a la gente que alquila habitaciones en hostales, que ofrece servicios educativos en escuelas de música y publicidad, que promueve atracciones turísticas y recorridos guiados por las ciudades y afines, que por favor nos hagan las cosas más fáciles y posteen fotos que verdaderamente corresponden con lo que encontraremos en cada lugar. Sino, tarde o temprano, se va armar una aplastante arremetida que hará lucir el último día del Woodstock ’99 como la celebración final de un retiro espiritual para personas de la tercera edad. Advertidos están.