Kinka

por gustaborracho

Hay un comercial que ganó oro este año en Cannes que cuenta la historia de un personaje incomprendido; un tipo que va por la vida haciendo cosas y la gente simplemente lidia con él sin prestarle mayor atención, hasta que finalmente se topa con alguien que lo entiende, que valora su potencial y lo recibe con los brazos abiertos. Pues bien, resultó imposible recordar esas escenas cuando mi hermana me contó que a “canela” tuvieron que sacrificarla hoy para liberarla de un gran sufrimiento.

“Canela” era especial. Durante 15 años, esa perrita fue nuestro juguete favorito. Con ella, los largos y aburridos domingos no existían y cada momento era una oportunidad para lanzar pelotas al aire y esperarlas de vuelta, empapadas en saliva y acompañadas de un insistente meneo de cola. En ocasiones, un par de amigables ladridos también. Por las mañanas, esa cocker -la más larga del mundo (cuando la compramos, pensábamos que era un setter y por eso no le cortamos la cola. Luego pasaron los años, se quitó el disfraz y descubrimos que era una cocker, pero ya no había manera de librarse de ese pedacito al final de la espalda así que lo dejamos como estaba)– nos acompañaba mientras esperaba ansiosamente su ración de pan tostado mojado en café con leche (de otra manera, no se lo comía) y luego, minutos más tarde, corría hacia el garaje y nos despedía cada vez que salíamos hacia el colegio. Era así de detallista.

El tiempo siguió transcurriendo y como es natural, envejeció y adquirió la insoportable habilidad de hacerme perder la paciencia en 3 segundos. Ladraba cada vez que pasaba el camión del aseo, ladraba cuando tocaban el timbre, ladraba cuando los señores del agua potable renovaban nuestras reservas, ladraba a los gatos, ladraba a los perros, ladraba al viento, ladraba a la señora que limpia y en todo momento, se esforzaba por hacerlo tan fuerte como le fuera posible. También salía al patio, comía unas cuantas matas y luego entraba a la casa para vomitar. Para ella era algo normal y natural, como no, pero para mí era todo un inconveniente. Sobretodo porque tenía que limpiar el desecho.

Su bulimia vegetariana, sus achaques de vieja, sus antojos y su actitud cada vez más despreocupada la empezaron a transformar en un personaje similar al del comercial que les contaba al inicio y yo, siendo el idiota amargado y desagradecido que soy, empecé a reducir la dosis de afecto y poco a poco fui desprendiéndome de ella. El resto de la casa, sin embargo, seguía teniéndole el mismo aprecio incondicional. Más aún cuando le detectaron unos tumores que la estaban matando lentamente, sin que nosotros pudiéramos hacer mucho al respecto. Pagamos una operación, extrajeron algunos y otros, aparentemente, se quedaron viviendo dentro de ella hasta que la hicieron perder el apetito, la movilidad, las ganas de ladrar, la alegría, el brillo en los ojos que la hacía ver tan llena de ganas de salir al patio a correr y jugar a la pelota, los ánimos de subirse al sofá del que siempre la bajábamos… en fin, la hicieron trizas.

Hoy, finalmente mi familia tomó la decisión de hacerle las cosas más fáciles y la pusieron a dormir, para siempre. Como era de esperarse, ahora estoy frente a la compu con los ojos repletos de lágrimas, escribiendo acerca de la perrita que durante un buen tiempo estuve procurando evitar. No me despedí y creo que la voy a echar de menos. Sé que va a ser extraño llegar a casa y ver que sólo una nariz mojada sale a recibirme. Va a ser triste llegar a casa y ver un montoncito de tierra al pie del arbol en lugar de ver a la perrita marrón de cola larga comiendo grama para luego vaciarla en la sala. Definitivamente, hará falta.

Lo fino de todo esto es que, al igual que el personaje del comercial que posteo abajo, Canelita consiguió un montón de gente que al final supo lidiar con sus cosas y apreciar su extraordinaria lealtad. Y presumo que ahora, esté donde esté, seguirá siendo la Reina que siempre fue.

So long, canelita.

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