El ataque de los ancianos oportunistas

por gustaborracho

Ya son tantas las veces que he comentado acá las rarezas que veo y escucho cada vez que viajo, que en realidad no sé si valga la pena seguir posteando al respecto. Cada vez que me subo a un autobús o avión, me convenzo de que es imposible viajar con gente normal en un vehículo normal.

Por ejemplo, hoy en el autobús de Barquisimeto a Caracas había un asiento que tenía el espaldar flojo y apenas alguien se sentaba, todo el mueble se reclinaba completamente hacia atrás sin atender a los diferentes niveles de inclinación predeterminados que por lo general tienen este tipo de asientos. ¿Qué hicieron los encargados de la empresa que presta el servicio para corregir el desperfecto? Lo que era más fácil, por supuesto. Rodearon varias veces el espaldar con cinta adhesiva, lo tensaron bien y luego lo anclaron al apoyabrazos. El remiendo fue desastroso, claro. Cinta adhesiva en el espaldar, cinta adhesiva en el apoyabrazos y al final, todo demoró 5 minutos en ceder. Lo peor es que la empresa vendió ese puesto y se lo asignó a a un tipo que por supuesto le protestó al chofer. La conversación entre ellos fue algo así:

– Señor, me asignaron este puesto y mire como está…
– Sí, ese está malo pero con el “celotec” que le pusieron aguanta.
– No vale, pero yo no me voy a ir en ese asiento remendao’.
– Bueno, entonces vamos a ligar que quede algún puesto vacío porque yo no puedo hacer más nada.
– ¿Y si no quedan puestos vacíos?
– Ah bueno, si no quedan más puestos vacíos va a tener que sentarse en el que le tocó.
– Coño, ¿pero no ves como está? El espaldar está malo, se echa para atrás… ¿cómo me calo 7 horas de viaje así?
– Bueno amigo, cálmese, vamos a esperar a ver si queda uno vacío y ahí resolvemos.

Afortunadamente quedaron 4 puestos vacíos y el pana consiguió otro lugar para sentarse, de lo contrario habríamos tenido un breve pero sustancioso enfrentamiento chofer-pasajero en el pasillo del autobús. Después subieron unas señoras que como no lograban ubicar sus puestos (porque les daba ladilla revisar los números de los asientos) decidieron sentarse donde mejor les pareció. Este fue más o menos el diálogo entre ellas:

– ¿Qué número de asiento tenemos?
– 43 y 44
– ¿Y dónde es eso?
– No sé, debe ser por aquí
– ¿Dónde tienen los números estos asientos pues?
– Aquí arriba… ¿ves?
– Ay no mijita, vamos a sentarnos allá atrás y listo
– ¡No vale! ¿y si alguien viene y nos dice que esos son sus puestos?
– No chica, ¿quién va a reclamarnos? Vamos a sentarnos allá… si viene alguien, pues le decimos que se siente en otro lado. Que queremos estar juntas… total, nosotros estamos viejas (risas)… ellos pueden sentarse en otro lugar.
– Bueno, será…

Luego de unos minutos, llegaron un par de chicas que tenían asignados los puestos que arbitrariamente las señoras habían ocupado. Se acercaron a ellas, como tratando de entender por qué no estaban libres los puestos que les correspondían y entonces las ancianas autocráticas dijeron -con cara de dulces abuelitas que cocinan galleticas de chocolate para los nietos- que ellas no veían bien, que querían estar juntas, que no conseguían sus puestos y que por favor buscaran otro lugar para sentarse. Las chicas -por respeto a las señoras, me imagino- cedieron ante la propuesta y se ubicaron un par de filas más adelante.

En ese momento, pensé: ¿por qué algunas personas mayores se aprovechan de su condición de ancianos para hacerse las víctimas y convertirse en sin vergüenzas? La vejez es algo respetable, como no, pero tampoco es que se van a escudar en eso para hacer lo que les dé la gana. Si seguimos así, va a llegar el momento en que los ancianos oportunistas dispondrán de todo lo que se les antoje sin que podamos hacer nada al respecto y yo particularmente no estoy muy dispuesto a contribuir con eso. Ojo, que quede claro, yo soy uno de los primeros en levantarse para cederle el puesto a una persona mayor, valoro enormemente su condición y procuro ayudarlos en cualquier cosa que esté a mi alcance, pero ceder ante la viveza de unos pocos viejos maleducados definitivamente no está en mis planes. Avisados están.

Respecto al espaldar con cinta adhesiva, pues no hay mucho que decir, ¿o sí?. Creo que ya estamos acostumbrados a los servicios mediocres, nos resignamos ante lo que venga y pocas veces tenemos la paciencia y el valor de levantarnos para decir: ¿sabes qué mi pana? No me la calo. No acepto esto, no voy a pagar por algo que no sirve, no estoy dispuesto a contribuir con tu mediocridad, no te voy a regalar mi dinero, no sigo siendo parte de la cuerda de jala bolas que se callan la boca y toleran tus abusos, no me importa si eres un anciano sin vergüenza que se hace la víctima… NO ME LA CALO.

Ahora estimados lectores, voy a dispararme un dardo tranquilizante.