Back to the Future

por gustaborracho

Vaya domingo. El día de hoy ha transcurrido entre lluvia y granizo, algo de frío y lo peor de todo: conexión intermitente a internet. Creo que pocas cosas me hacen perder la paciencia tan rápido como las páginas que no cargan por completo y que media hora después terminan rendidas, mostrándome un aviso de error. Ni hablar del messenger, que cuando la conexión es tan inestable, se conecta y desconecta sin avisar o devuelve mensajes que había escrito horas antes. Un desastre. Para rematar, los documentales que me estoy descargando siguen ahí, retenidos por algún ente digital que no les permite llegar hasta el final de una buena vez. Lo fino es que un par de conciertos de los White Stripes (Live at BBC Maida Vale) y un documental acerca de los UFO’s ya consiguieron un cálido hogar en mi disco duro. Oh yeah, baby.

En fin, un par de cosas han sucedido entre el viernes y hoy, así que mejor dejo registro de ellas en este instante. Lo primero tiene que ver con unos cuantos premios que la agencia ganó en los ANDA de este año… 8 premios de 13 nominaciones, incluyendo un bronce en gráfica por un aviso, que por cierto, tiene una foto de Ram. Tomada por él, quiero decir. Luego, el sábado fui al Mercado de Diseño que organiza Guayoyo cada cierto tiempo, aunque esta vez llegué tan tarde que no había mucho que ver. Faltaban algunos expositores que habían estado la vez pasada, ya la banda que estaba programada para tocar había terminado su set y el último DJ estaba pinchando algo que ni siquiera recuerdo. Sin embargo, esta nueva edición del Mercado de Diseño me guardaba una extraña sorpresa… justo a unos pocos metros de la entrada estaba una linda rubia, tatuada y pierciada, vendiendo unos vestidos divertidos. Sobre uno de los “mostradores” estaba una cartel fluorescente con letras negras, que decía: NATASHA TOPLAK.

¿Natasha Toplak? Un momento, ese nombre me es familiar. Sobretodo el apellido. Veo el cartel, veo a la chica e inmediatamente sonreí. En pocos segundos recordé que hace 17 años, cuando mis padres me inscribieron en uno de esos planes vacacionales para niños con problemas de conducta, conocí a un par de chicas de apellido Toplak. Eran unas rubias, casi idénticas, con quienes pasé 15 días visitando los típicos lugares que los planes vacacionales suelen incluir en sus itinerarios: fábricas de caramelos y chiclets, clubes, heladerías, museos y cosas por el estilo. También recordé que eran unas hermanitas de no necesitaban hablarse para comunicarse; una predecía casi todo lo que la otra iba a hacer y por lo general, eran maldades. Pellizcaban a fulanito, se reían, gritaban sin razón alguna y hacían lo que me imagino hacían todas las niñas de su edad. De cualquier forma, a mi me encantaban. Una más que otra, pero me encantaban. No logro recordar el nombre de la hermana de Natasha y tampoco recuerdo cual era la que me gustaba, pero eso, en este preciso momento, no tiene mayor relevancia.

Lo que realmente importa es que Natasha se veía como tenía que ser; tal cual como la habría descrito si me hubiesen pedido que predijera como luciría 17 años después. Suena extraño, sí, pero es la verdad. La imagen que recuerdo de ella -cuando teníamos 10 años, más o menos- se correspondió perfectamente con la Natasha de ayer. Eso me sorprendió. Tanto así, que en medio de mi asombro me acerqué hacia donde estaba ella y le pregunté un par de cosas, que respondió entre miradas perdidas e indiferencia (“no, no te recuerdo… quizá conoces es a mi hermana”, etc.). Era de esperarse, ¿no?. Las cosas han cambiado, claro, pero a decir verdad no me acerqué con la intención de iniciar un reencuentro sensacional, más bien quería asegurarme de que esa chica que vendía sus diseños era la transformación (muy atractiva, además) de la niñita que junto a su hermana me entretuvieron (con gritos, risas y maldades de carajitos) durante 15 días, hace 17 años.

Lo mejor de todo es que googleando me enteré que Natasha lleva rato diseñando prendas de vestir, que aparentemente son bien reconocidas y apreciadas por la movida caraqueña. Fino por ella. Ojalá que en algún momento me la consiga de nuevo, en otras circunstancias, y tengamos oportunidad de conversar un poco más, de otras cosas. Les dejo link a su MySpace, en caso de que deseen vistarla. Si alguien la conoce, díganle que voy pendiente de compartir unas cervezas con ella… quizá recuerde algo.

Ahora, les aviso: voy a cambiar el tema radicalmente. Ya he hablado de Cristóbal Guerra en este blog y he dicho que es el comentarista más desesperante que existe sobre la derretida faz de la Tierra. Sus insistentes metáforas e innecesarias muestras de fino lenguaje convierten el juego de fútbol más pendejo en una especie de obra de teatro shakesperiana que saca de sus casillas a cualquiera. Para él no hay jugadores disputando un partido de fútbol, no, para él hay aguerridos soldados del ejército napoleónico librando una batalla monumental, sin tregua, en medio de un mundo ensombrecido por la confusión que vive bajo el reinado del temor. Sus ojos no ven a Oliver Khan defendiendo la portería alemana, que va, el observa a una feroz piraña protegiéndose del ataque de algún caimán, delfín de agua dulce, pirarucu, arapaima o cualquier otro depredador de las turbias aguas de algún bosque inundado de la Amazonia. Da igual, sus comentarios siempre distraen y cuando finalmente termina de recitar su aburrido discurso, ya la jugada terminó y todos están en otra cosa. El tipo es una desgracia.

Pues bien, hago esta nueva mención porque aparentemente Cristóbal Guerra no se ha conformado con arruinar todos y cada uno de los partidos de fútbol en los que ha participado como narrador, sino que además parece haber dado origen a una especie de secta que aprendió a imitar su irritante oratoria. Aparentemente, los miembros de este extraño grupo de individuos son muy variados, pero se ha descubierto que al menos uno de ellos navega en internet buscando oportunidades que le permitan hacer gala de un extraordinario repertorio de metáforas y refinadas palabras. Para respaldar esta teoría, el autor me ha pasado el link de una página de relaciones interpersonales, tipo hi5 o facebook, en la que hay fotos de una linda chica caraqueña y justo debajo, en la parte de los comentarios, la prueba contundente de que existe al menos un discípulo de Cristóbal Guerra:


¿El volátil aletear del colibrí? ¿El ágil desplazamiento del delfín?. Qué coño pasó en ese comentario, no tengo idea. Si a mí me ladilla ver un juego de fútbol con un tipo diciendo necedades, puedo imaginarme la reacción de la chica que tuvo que lidiar con este fanático de Animal Planet en su página de comentarios. Y me lo puedo imaginar porque también me mandaron un jpg con la respuesta:


Así que preste atención Sr. Guerra: somos gente común y corriente, así que no es necesario narrar los partidos de fútbol -mucho menos si son los del mundial- utilizando palabras rebuscadas. Sea usted mismo, sin importar nada más porque eso es tan importante como vivir. ¿Para qué fingir ser alguien más? Saludos Cristóbal y de nuevo, gracias.