Debo confesarlo: siempre quise salir en televisión

por gustaborracho

De niño, soñaba con estar frente a las cámaras y ser famoso. Quería figurar, dar de que hablar, sentirme importante. No sé cómo explicarlo, pero siempre ví la televisión como la puerta que separaba el insípido anonimato en el que me encontraba inmerso de la popularidad que tanto anhelaba.

Pues bien, esa ilusión, que siempre estuvo latente en mí, fue brutalmente destruida unos días atrás. Me cuesta hablar de esto, pero creo que ya no tengo nada más que perder. La cuestión es que luego de muchos años, finalmente estaba al aire en televisión nacional. Si les soy sincero, no podía creerlo. El programa ni siquiera había empezado y yo ya estaba fantaseando con la notoriedad que alcanzaría luego de que mi voz se escuchara en toda Venezuela. Eso me emocionaba.

Luego de una larga espera, mi compañera y yo ocupamos nuestros puestos en el set de TV y junto a la moderadora de turno empezamos el debate. A medida que se desarrollaba, la idea de alcanzar la fama con mi aparición en televisión poco a poco perdía fuerza. La desilusión me empezaba a invadir, sin embargo, procuraba mantenerme firme y hacía un esfuerzo enorme por conservar mi semblante intacto. No podía mostrar debilidad. Eso fue lo primero que mis camaradas me pidieron que hiciera si me quedaba sin palabras ante algún planteamiento o me confundía durante mis intervenciones. Créanme que lo intenté, con todo mi corazón, pero al final la vergüenza es difícil de esconder. No pude evitar sentirme como un tonto. ¡Malditas sean mis ganas de salir en televisión!

Ahora, que estoy un poco más calmado, creo que mi error fue elegir un programa de opinión. Ya veo que eso de debatir en público no es cosa fácil, de hecho, cada día me convenzo más de que habría sido mejor esperar la invitación a uno de esos programas de concursos sabatinos o una de esas revistas matutinas de farándula y espectáculos, donde lo único que hace falta hacer para salir bien parado es sonreír ante las cámaras y reírse de las bromas tontas que hacen los animadores. Pero que va, yo tenía que empeñarme en ir a un programa de opinión a hablar de cosmovisiones enfrentadas y anti-imperialismo sin imaginarme lo que esos planteamientos tan absurdos podían desatar.

No lo pensé mucho y me fui a la carga, con la frente en alto, a despotricar contra el Imperio y su estructura capitalista, tal como me lo habían enseñado. Me sentía confiado repitiendo las palabras del señor presidente, calcando su retórica y emulando su actitud desafiante. En ese momento pensé que mi discurso era demoledor, intimidante y contundente. Pero fue entonces cuando una sencilla pregunta estremeció la pequeña burbujita en la que me encontraba. No sé cómo explicarlo, pero la voz de esa insolente periodista aún resuena en mi cabeza… “¿esos zapatos que tienes son hechos por cooperativas venezolanas, por países socialistas?… estás vestido, ataviado de marcas imperialistas y hablando de anti-imperialismo… No hay coherencia”. Maldición. Eso no me lo esperaba y a decir verdad, no tuve oportunidad de reaccionar. No tenía respuestas. Traté de buscarlas, pero no las encontré. ¿Qué podía decirle? Aceptar que era anti-imperialista, de la boca para afuera, habría echado por tierra todo lo que recité de memoria esa mañana. Justificarme habría sido peor aún. ¿Qué coño podía responder? Era imposible hacerlo sin hundirme más.

En silencio, seguí buscando una respuesta tardía pero no podía concentrarme. Estaba nervioso, sentía sobre mí una mirada inquisidora, un frío en el cuerpo y todo estaba pasando muy rápido. En lo único que podía pensar era en el Rey de España y por un momento pensé en fingir un desmayo y desplomarme al piso. Ya no quería estar ahí, frente a las cámaras de televisión. Deseaba no haberle pedido a mis amigos que sintonizaran ese maldito canal. Yo sólo quería correr a casa y terminar con todo de una buena vez pero lamentablemente, en ese momento, ya nada podía hacer.

Lo peor es que me han contado que esa mañana dije varias veces “lagrimógenas” en lugar de “lacrimógenas” y que además en internet hay un video que registra, claramente y para siempre, el momento en el que me quedé sin palabras frente a mi familia, frente a mis compañeros y frente a un país entero.