Debo confesarlo: siempre quise ser modelo de publicidad

por gustaborracho

Desde que tengo memoria, la idea de aparecer junto a un logotipo en avisos de revistas, vallas y cosas como esas siempre me ha hecho ilusión. No sé muy bien cómo explicarlo, pero siento que nací para eso. Es una vocación, pues. Algunos se enamoran de la medicina, otros de la Arquitectura y yo, bueno, yo siento una profunda pasión por el modelaje.

Recuerdo que hace años, cuando mi hermana y yo solíamos ir al parque a jugar, una señora que trabajaba como asesora de imagen para una empresa de cosméticos se le acercó a mi mamá -que nos veía jugar desde un pequeño banco de madera- y le dijo: disculpe señora, ¿anda con ellas? Mi mamá, que no confía mucho en los extraños, asintió tímidamente con la cabeza y dirigió su mirada hacia otro lado, como queriendo evitar la conversación. La señora, notando la distancia que mi mamá procuraba marcar entre ellas, rápidamente picó adelante y se presentó: Mucho gusto, mi nombre es Carolina, asesora de imagen. Sabe, tiene usted una hija preciosa. ¿No le interesaría visitarnos para hacerle un casting? Mi mamá, que no le tiene mucha fe a ese tipo de propuestas, declinó la oferta y rápidamente nos sacó del lugar. Adiós al parque y a mi primera oportunidad de convertirme en estrella del modelaje.

Sin embargo, no decaí. Yo sabía que tarde o temprano mi momento llegaría y decidí que estaría lista y preparada para recibirlo con los brazos abiertos. Así fue como me propuse a practicar pasarela en mi cuarto, en las noches, luego del colegio. Caminaba sobre una línea recta, frente al espejo, con un diccionario español-inglés sobre mi cabeza y la mirada al frente. Mentón en alto, una gran sonrisa y mis manos balanceándose suavemente al ritmo de mis pasos, firmes pero agraciados. Bueno, en realidad yo creo que no eran tan agraciados pero mi hermana siempre me decía que parecía una miss.

Pasaron varias semanas y cambié el diccionario de inglés-español por una enciclopedia ilustrada para coleccionistas de estampillas que mi papá tenía en la biblioteca. Era un poco más gruesa y grande que el diccionario, así que eso le infundía un poco más de dificultad a mis prácticas. Al principio fue muy complicado, básicamente porque la enciclopedia tenía tanto polvo que las ganas de estornudar eran inevitables y frecuentes. Aguantaba lo más que podía hasta que me ponía roja, la naríz se me hacía agua y finalmente todo se iba al demonio. Les digo, estornudar y caminar en línea recta con un libro en la cabeza no es cosa fácil. Sin embargo, ahí seguía yo, haciendo el mejor esfuerzo por explotar mi sex-appeal y alimentar esa pasión que sentía por el modelaje.

Justo en esa época, cuando cumplí mis 18 años, el colegio donde estudiaba organizó un modesto certamen de belleza para elegir a la reina que nos representaría en los juegos deportivos. Por alguna razón, mi colegio nunca participaba en ese tipo de eventos (creo que a nadie le interesaba hacer deporte) pero esta vez los ánimos estaban por el cielo y de alguna manera, la mesa estaba servida para hacer mi gran debut; era el trampolín que necesitaba para saltar a la fama y convertirme en la estrella que siempre he sido.

La directora del colegio nos dió una semana para promocionarnos y correr la voz. Cada una de las quince chicas que participaríamos en el concurso hizo lo que pudo para ganarse el corazón de los chicos y conseguir más votos. Durante el recreo, algunas chicas corrían hacia un gran ducto de ventilación subterráneo y se paraban sobre él para que sus faldas se levantaran y todos el mundo viera sus pantaletas. No sé de dónde sacaron esa loca idea.

Yo agarré una foto carnet que tenía en mi casa, la escanié en el laboratorio de computación y luego en Paint diseñé un afiche precioso. Creo que tengo algo de artista también. La foto, que se veía algo borrosa porque aparentemente la estiré demasiado, venía acompañada de un texto que yo misma escribí. Decía así:

Soy una chica especial, capaz de complacer cualquier fantasía. Déjate llevar y sigue tus instintos… Vota por mí.

Lamentablemente, perdí. La ganadora fué una chica súper rara, de esas que se desarrollan antes de tiempo y ya en segundo año tenían senos grandes y se depilaban las piernas. Ella le repartía a los chicos de la clase unos papelitos, salía al recreo y como por arte de magia salían detrás de ella unos 20 hombres, haciéndole barra, todos contentos. Luego me enteré que los papelitos decían: “piquito”, “beso con lengua”, “tetica”, “chupi chupi” y cosas como esas. Así cualquiera gana.

Sin embargo, este revés no fue suficiente para hacerme desistir de mi idea de ser modelo. Yo soy una chica audaz, moderna pero tradicional, rebelde pero sumisa a la vez, atrevida y conservadora, que combina perfectamente lo bueno y lo malo de una especie que lucha por lo que quiere. Soy indetenible, pues. Seguí dándole vueltas a la idea de ser modelo cuando salí del colegio y mientras estudiaba ingeniería en telecomunicaciones, decidí inscribirme en una academia de la cual había escuchado cosas maravillosas. La dirigía un gay algo presumido, pero yo no quería estar ahí para hacer amigos, yo quería triunfar de una vez por todas.

Durante 5 años estuve repartiendo mi tiempo entre las clases de modelaje, la universidad y mi novio, Ignacio. A él lo conocí en un curso para jóvenes emprendedores y desde el primer momento sentí que existía una química especial entre nosotros; esa magia extraordinaria que resulta difícil de explicar. Además es un tipo súper comprensivo, mente abierta, de esos que ya no abundan mucho en estos tiempos, que cuando supo que yo quería ser modelo se emocionó tanto que me compró 30 revistas Cosmopolitan y me regaló una paca gigante de Estampas, donde habían entrevistas con modelos famosas y reseñas de desfiles fastuosos hechos en Venezuela y el mundo. Ignacio eres un amor. Muak!

Eventualmente me gradué de ingeniero y justo en ese momento, Ignacio recibió la aprobación de un crédito millonario, así que decidimos unir fuerzas e invertir en algún negocio que nos permitiera ganar algo de dinero para estabilizarnos y casarnos. Como yo era ingeniero en telecomunicaciones, le sugerí a Ignacio la idea de montar un centro de conexiones cerca de mi casa, donde no había competencia. Es una zona residencial acogedora que tiene restaurantes, cafés y hasta una pequeña catedral, pero no un centro de conexiones. Esa era una oportunidad, sobre todo si consideramos que en estos momentos la sociedad está cada vez más conectada entre sí gracias a la tecnología. ICQ, salas de chat en Terra.com, beepers y hasta servicios de correos electrónicos gratuitos en internet (no sé muy bien cómo funcionan pero me dicen que es como escribir una carta y enviarla por correo, sólo que no se escribe a mano sino con el teclado y en lugar de un cartero, pues la manda la computadora). ¡Hay todo un mundo allá afuera!

Esta plataforma de comunicación tenía que explotarse de alguna manera y nosotros estábamos convencidos de que teníamos el negocio perfecto, así que rápidamente empezamos el papeleo y en unos meses teníamos todo listo. Bueno, casi todo. Teníamos el local, los equipos, el personal y las cosas básicas para empezar a operar, pero nos faltaba algo: la imagen de nuestro negocio.

Como era propio y habíamos trabajado duro para montarlo, Ignacio pensó que lo más conveniente era que yo participara de alguna manera en eso. De hecho, me pidió que me encargara por completo así que consulté con mi hermana, que estudia publicidad, y entre las dos empezamos a pensar en un nombre pegajoso, fácil de recordar, que resultara atractivo a la gente. A mi hermana incluso se le ocurrió que podíamos ofrecer otros servicios como venta de timbres fiscales, fotocopias, películas quemadas y tarjetas telefónicas. Mi hermana es una visionaria, no hay duda.

Finalmente, nos paseamos por algunas ideas de cómo diseñar la fachada del local, los colores, las imágenes y todo lo que normalmente implican este tipo de cosas.  En pocos días teníamos claro lo que queríamos hacer. Le mostramos algunos bocetos a Ignacio y le encantaron, así que empezamos a pedir presupuestos, buscar proveedores y luego de mucho regatear, finalmente inauguramos nuestro local.

El mismo día que abrimos, todo el mundo tuvo que ver con nuestro negocio… la gente le tomaba fotos, sonreían cuando nos veían en la calle, entraban felices a llamar e incluso dicen que somos tan populares que hasta escriben de nosotros en internet. Estoy contentisima. Y lo mejor de todo esto es que después de mucho luchar, por fin soy modelo. Siento que el corazón se me va a salir del pecho cuando hablo de esto, no me puedo contener, asi que mejor les dejo una foto de nuestro pequeño bebé antes de que empiece a llorar de la alegría. Por cierto, yo soy la de la derecha.

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