Debo confesarlo: el Flickr se convirtió en mi peor enemigo

por gustaborracho

Cuando era muy niño, siempre fantaseaba con el trabajo que tendría cuando me convirtiera en adulto. Era algo que me emocionaba enormemente. Como todos los chicos de mi edad, solía pararme frente al espejo del cuarto y jugaba a ser bombero, enfermero, piloto, superhéroe, policía y hasta ama de casa; hacía muecas, me preguntaba cosas, las respondía haciéndome pasar por alguien más y al final de la tarde, cuando la lista de trabajos futuros se me acababa, tiraba la toalla y me acostaba a dormir, sin bañarme. Nunca me gustó el agua, yo en realidad siempre preferí el fuego, pero ése es otro cuento. ¡Ay, me salió un verso sin mucho esfuerzo! ¡Joder, me salió otro, qué alboroto! Ok, vale, no más chistes.

De vuelta al cuento. Los años pasaron y poco a poco mi vocación fue floreciendo cómo un precioso capullo de girasol silvestre en la pradera. Así de bonito fue. Todo empezó en la escuela, cuando de pronto me di cuenta que tenía una grandiosa habilidad para los números, para sacar cuentas de memoria sin la ayuda del lápiz y el papel como acostumbran el resto de los mortales. De hecho, ahora que lo pienso, yo era una especie de John Nash pero menos egocéntrico y con más facilidad para interrelacionarme con los demás en términos de igualdad, fortalezas personales que eventualmente me llevaron a considerar la idea de estudiar Administración, una carrera fascinante que combinaba perfectamente las áreas en las que soy bueno: contabilidad, finanzas, producción, mercadotecnia, recursos humanos, computación y legislación, por mencionar tan sólo unas pocas de mis virtudes.

A mitad de carrera conocí a una chica hermosa que estudiaba fotografía y en ese momento, sin saberlo, descubrí mi otra gran pasión. Carla y yo nos veíamos durante la hora del almuerzo y aprovechábamos esos instantes para descubrir juntos el maravilloso mundo de las imágenes estáticas (las hay también en movimiento y les llaman video). Pronto nos dimos cuenta que teníamos frente a nosotros todo un universo de posibilidades: fotos ultrarrápidas, fotos estroboscópicas, fotos estereoscópicas, fotos infrarrojas, fotos ultravioletas, fotos aéreas, fotos orbitales, fotos publicitarias, fotos carnet, fotos tipo pasaporte, fotosíntesis, fotocopias, foxterrier… ¡tantas cosas! Llegó un momento en el que Carla y yo no sólo nos reuníamos para almorzar sino que también nos veíamos al salir de la universidad, íbamos a mi casa y pasábamos noches enteras leyendo libros y practicando con nuestras cámaras desechables, que en realidad no daban para mucho pero nos servían para pasar el rato haciendo fotos de maracas con la bandera de Venezuela, cuatros, billetes, flores, libélulas y demás perolitos que conseguíamos en casa.

Cuando ya estábamos más adelantados en nuestras carreras (Carla en Fotografía y yo en Administración de Empresas, en caso de que lo hayan olvidado), empezamos a juntar dinero para comprarnos una cámara más versátil que nos permitiera controlar la luz y el tiempo de exposición de las fotografías, ya saben, cosas de profesionales. Al cabo de unos meses finalmente pudimos comprarla y señores, debo decirlo, Carla y yo vimos la gloria. Pasábamos fines de semana enteros recorriendo la ciudad en busca de nuevos territorios que sirviesen de escenario para nuestras tomas fotográficas, porque seamos sinceros, ya la casa nos quedaba pequeña. Recuerdo que salíamos en mi carro, con las ventanas abiertas y el radio a todo volumen, dispuestos a conquistar cuanto espacio pudiera bendecirnos con su luz; ésa que le causa escalofríos en la nuca a cualquiera que disfrute de la fotografía de la manera en que nosotros lo hacíamos.

Luego de unos años nos graduamos y al salir de la universidad, Carla consolidó su sueño profesional y montó un Foto Studio en su pueblo natal, Achagua, mientras que yo seguí desarrollándome en el área de la Administración de Empresas, participando en uno que otro curso de capacitación. Precisamente, en uno de esos encuentros profesionales conocí a un grupo de chicos que tenían una banda de rock alternativo, muy buenos por cierto, con quiénes empecé una gran amistad. Me pasaron un demo con sus canciones y al escucharlas quedé boquiabierto. Las letras, la música, toda la propuesta era fenomenal así que me ofrecí para fotografiar algunos de sus ensayos y además les propuse un trato: si quedaban contentos con mi trabajo podíamos iniciar una sociedad más seria y comprometida. A los chicos les gustó la idea y luego de unos cuantos ensayos estábamos trabajando a un ritmo más o menos frecuente, con varios ensayos y conciertos al mes que iban siendo registrados por mi lente (bueno, por el de la cámara, en realidad).

Además de fotografiarlos, colaboraba con ellos haciendo pequeñas pero oportunas observaciones respecto a la puesta en escena de la banda y la producción de los temas que iban componiendo. Para mi sorpresa, todos mis comentarios siempre fueron bien recibidos e incluso un día, sin más ni menos, los muchachos me convirtieron en su manager. ¡Qué honor! Ahora no sólo era el fotógrafo oficial de la banda sino que también estaba a cargo del grupo, buscándoles toques, llevando sus demos a las radios, repartiendo volantes en la calle, enviando correo spam para promover su música… era un trabajo agotador pero gratificante. Sin embargo, y a pesar de que la idea de ser manager me encantaba, había un fantasma que me perseguía constantemente… algo que no me dejaba disfrutar por completo esa etapa de mi vida… era un sentimiento extraño e inquietante, no sé cómo explicarlo, pero de pronto me sentí culpable por haber abandonado la carrera que tanto dinero y sacrificio me había costado.

De la noche a la mañana me vi en medio de tres aguas: la Administración, la fotografía y el management. Fue horrible. Pasé noches enteras pensando al respecto, considerando enviar la fotografía y el manejo de grupos al demonio para dedicarme completamente a la Administración, que a fin de cuentas era lo que más me gustaba. Me tomé mi tiempo, evalué las posibilidades y justo cuando estaba a punto de tomar una drástica decisión, un amigo me comentó por MSN que en internet existía algo que llamaban Flickr, un espacio maravilloso que según él me permitiría combinar mis tres pasiones, sin problemas. Me pasó el link, rápidamente entré al sitio y luego de unos segundos, empecé a llorar. No podía creerlo. Flickr… seis letras mágicas… F-L-I-C-K-R… para mí era como la olla con las moneditas de oro al final del arcoiris, el tesoro escondido bajo el mar; una especie de paraíso digital en el que todos mis sueños podían hacerse realidad.

Y ustedes se preguntarán: ¿Qué hace a Flickr tan especial? La respuesta es sencilla, pero fascinante: ¡en Flickr puedo administrar grupos de fotografías! ¿Acaso no lo entienden? ¿No se dan cuenta? ¡Por Dios! Señores, en Flickr puedo… administrar… grupos… de fotografías. ¡Es maravilloso! Las tres cosas que siempre me apasionaron ahora estaban al alcance de mis manos, o de mi dedo índice si me permiten ser más preciso… la Administración, el manejo de grupos y la fotografía, todo junto en un mismo lugar. Caramba, ya se me aguaron los ojos de nuevo.

(El autor hace una pequeña pausa, toma una abundante bocanada de aire, limpia las lágrimas de sus ojos y continúa)

Discúlpenme, pero a veces el corazón puede más que la razón. En fin, Flickr se convirtió rápidamente en el centro de mi vida, en mi página de inicio, en el pan mío de todos los días. Tomaba fotos, las subía, las organizaba, las comentaba, las borraba, las volvía a subir, las volvía a organizar y las comentaba nuevamente. Empecé a enfermar y finalmente me convertí en un adicto al Flickr, si señor. Llegó un momento en el que mis fotos ya no podían saciarme y como la mayoría de los junkies, pues tuve que salir a buscar mi droga en donde fuese necesario, generalmente en los perfiles de otros miembros de la comunidad, que rápidamente empezaron a descubrir la técnica con la cual mantenía viva mi adicción.

En un principio la técnica funcionó muy bien y nadie notaba mis verdaderas intenciones pero creo que luego todo fue muy obvio… algo me hace pensar que abusé de mi suerte y ahora estoy pagando las bien merecidas consecuencias. De hecho, hace poco me topé con una foto preciosa en la que dos venezolanos (una chica y un chico) bailaban desenfadadamente en lo que parece ser una discoteca o algo así. La imagen transmite demasiado, tiene un feeling enorme pues y como apasionado de la fotografía que soy, decidí iniciar un grupo llamado “Sólo Venezolanos” y envié la invitación, a ver que pasaba. Más vale que no. Amigos, todo se salió de control… ya no sé que hacer con tantas invitaciones absurdas que me llegan por correo todos los días. Por más que trato de borrarlas, siguen apareciendo a cada segundo. Me mantengo pegado al Flickr tratando de eliminar los rastros de la trampa que yo mismo tendí y ahora perdí mi trabajo, perdí mis ganas de soñar, perdí el apetito, perdidos en el espacio… ¡toda esta situación me está volviendo loco!

Por eso estoy acá, señores, para rogarles que por favor cese el fuego… el cyberbulling o cómo quiera que le llamen. No más invitaciones fantasmas, no más grupos con nombres divertidos, no más comentarios sarcásticos… por favor, ya no más.

Aprendí la lección, creo.