La música habla con autoridad

por gustaborracho

After all, all he did was string together a lot of old, well-known quotations.
~H. L. Mencken on Shakespeare

Está claro que lo ideal es que cada quien desarrolle sus propios contenidos y comparta con el mundo un pedacito de su sabiduría, pero en situaciones cruciales parece conveniente valerse de la experiencia de alguien que enfrentó un escenario similar y lo superó con éxito. Además, si el rollo de citar gente famosa funcionó para Shakespeare, con más razón ha de funcionar para un mortal como yo, que cada cierto tiempo necesita decir algo muy puntual de la mejor manera posible.

El problema está en que no es tan fácil tomar prestadas las palabras de otros, mucho menos si son filósofos, científicos o gurúes espirituales. A esos hay que leerlos con frecuencia, analizarlos, profundizar en sus vidas y entenderlos para citarlos con propiedad, así que yo prefiero tomar el atajo que la música me ofrece y aprovechar las letras de las canciones que vengo escuchando desde que era pequeño… eh… corto de edad, quiero decir. La música tiene esa maravillosa habilidad de transportarnos a lugares mágicos porque cuenta historias que nos son familiares, que nos enganchan y nos acercan al tipo que nos habla con sus letras. Son anécdotas que se sienten cercanas y cautivan nuestra atención, por eso creo que tiene lógica hablar de “el soundtrack de tu vida” o dedicarle canciones a la chica que te gusta. Lo último parece una tontería pero en realidad tiene mucho sentido, y les diré por qué: la música habla con autoridad.

Así es. Una canción que nos gusta, goza de una reputación capaz de crear una atmósfera fantástica para comunicar nuestro mensaje con una gracia única y muy especial. Cuando se dedica una buena pieza, de alguna manera se construye una plataforma persuasiva que nos ayuda a conectar con la otra persona de forma muy sutil, sincera y hasta simpática. Sin estar muy concientes de ello, aprovechamos la intención detrás de los versos y rimas de nuestros músicos y bandas favoritas para hacernos escuchar sin necesidad de pronunciar una sóla palabra y eso, particularmente, me resulta fascinante.

El sentimiento anterior se potencia mucho más cuando me pongo en los zapatos de un chico tímido y nervioso con ganas de decirle a alguna chica linda lo mucho que le gusta. Joder, qué difícil. Justo antes de pronunciarte, piensas una y otra vez lo que vas a decir y mientras lo haces, más fuerza cobra la idea de quedarte callado y ahorrarte un momento vergonzoso. Miras hacia los lados, mueves las manos incesantemente y respiras profundo hasta que finalmente sientes que no puedes darle más largas al asunto. Justo en ese instante, un segundo antes de abrir la boca para balbucear cualquier tontería, sucede el milagro: (inserta acá tu canción romántica favorita) empieza a sonar a través de las cornetas del sitio donde estás con la chica y un coro de ángeles con arpitas celestiales (que sólo tú puedes ver y escuchar) aparece frente a ti, guiñándote el ojo y llenando el lugar con un resplandor sin igual.

No dices nada, no hace falta. Sólo la miras a los ojos y como por arte de magia todo queda dicho. Sin rodeos ni tartamudeos, sólo el feeling maravilloso que de pronto florece en estas circunstancias. A eso me refiero cuando digo que la música “habla con autoridad”. En todo momento, una buena pieza se dirige a los demás con clase, precisión y una sutileza extraordinaria que hace memorable cada segundo de melodía; sino pregúntenle a Eddie Vedder, por ejemplo, a quien vi llorar (y promoviendo el llanto colectivo) en Buenos Aires mientras cantaba “Black” y “Yellow Ledbetter”.

Lo mejor de todo es que la música no sólo es diestra evocando sensaciones y despertando sentimientos, sino que además es muy versátil. Miles de años, repletos de sonidos y silencios, han dado forma a un inmeso repertorio musical que nos permitiría elegir, sin problemas, una canción para decir prácticamente lo que se nos antoje. Cualquier cosa a quien sea. Para comprobarlo, haré rápidamente un ejercicio: Voy a pedirle a la chica que está sentada junto a mí que escriba en unos papelitos varias situaciones cotidianas, luego le diré que los doble y los meta en un bowl de vidrio. Cuando estén todos dentro, le pediré a otra persona que cierre los ojos y elija un papelito al azar y entonces yo escogeré el título/verso de una canción que se corresponda con el tópico/situación. ¿Quedó claro? Bien, empecemos.

(LA CHICA 1 ESTÁ ESCRIBIENDO LOS PAPELITOS Y METIÉNDOLOS EN EL BOWL)

Ok, ya están todos los pedacitos de papel escritos con las situaciones. Ahora los sacarán aleatoriamente, uno a uno. A ver…

El primer papelito dice: Elecciones Presidenciales
Yo elijo: “Won’t Get Fooled Again” (The Who)

El segundo papel tiene escrito: No te aumentan el sueldo pero te piden que trabajes horas extras
Yo me robaría un verso de “Killing In The Name”: “Fuck you I won’t do what you tell me” (Rage Against The Machine)

El tercer papelito dice: ¡Carajo, se acabó la tinta de la maldita impresora justo a la mitad de la puta factura!
Eh… no estaba preparado para esta. A ver, servirá: “Oops, I did it again” de Britney? no?

El cuarto papelito dice: ¡Tengo la regla, no me hables!
¡Coño, que ayudante más ordinaria! A ver, tal vez funcionaría: “There’s no home for you here” (The White Stripes)

Y el quinto y último papelito dice: Gente que se disfraza para jugar Rockband
Ah, esa está fácil: “Drogas Duras” (Blas y las Astrales)

En fin, las opciones son infinitas y el juego divertido si las frases en los papelitos están bien pensadas pero en esta oportunidad, las asistentes que elegí no han dado la talla. ¡Qué bajón! Sin embargo, creo que el punto queda claro: la música es como un rifle en manos de un francotirador; puede ser potente, precisa y capaz de traspasar lo que se le pare enfrente. Claro, lo anterior también implica un efecto mordaz y miserable si alguien decide aprovechar las piezas de una mujer como Fiona Apple para mandarte al demonio, pero vamos, la gente no hace ese tipo de cosas. ¿O si?