Julio, te extraño (vol. 2)

por gustaborracho

Acabo de darme cuenta que aún cuando me limite a hablar sólo de Julio, voy a tener que escribir una larga serie de posts si quiero hacerle justicia a todo el asunto. La idea era resumir y resulta que al final esto va a convertirse en una saga que ni yo mismo sé si pueda entregar a tiempo (me he puesto como deadline Julio de 2012) pero tomando en cuenta que hablamos de un documento personal que espero repasar de aquí a unos años, considerando que es mi cybermemoria la que está en juego, la idea de poner por escrito con lujo de detalles los sucesos del pasado mes me resulta, como mínimo, justa y pertinente así que sin más largas, continuemos.

Al día siguiente del show de EELS, tomé un tren hasta la simpática villa de Knebworth para ver a los Big 4 en el Sonisphere. Este fue el primer festival al que fui cuando llegué a Londres hace un año y debo confesar que esa nueva visita inmediatamente disparó una ráfaga de recuerdos brutal, casi en plan timelapse, que me paralizó por unos segundos. Una vez recuperado del ataque de nostalgia, caminé hacia el Apollo Stage para ver a Diamond Head, una de las muchas bandas que inspiró a Metallica a hacer lo que hacen. Desde el principio se sabía que sería un día de tributos (al trash metal, a los viejos héroes, a la perseverancia y a las amistades resucitadas, entre otras cosas) así que estaba muy claro que escucharía “Am I Evil?” al menos dos veces y que al final del set de Metallica, los Big 4 trasladarían el concepto de orgía al mundo del trash metal, pero aún así, traté de mantenerme a raya y no anticipar nada de lo que sabía sucedería esa noche.

Diamond Head estuvo muy bien, con un set corto pero preciso. No soy muy fan y muchas de las canciones no me eran familiares pero de igual manera me hizo ilusión verles tocar. Luego se subió al escenario Anthrax, con Andreas Kisser reemplazando a Scott Ian, lo cual fue una sorpresa (me enteré de la suplencia justo cuando ví a uno en lugar del otro). Ahora mismo no sé si ver a Anthrax bajo esas circunstancias es algo de lo que deba estar orgulloso o arrepentido pero en cualquier caso, fue un gusto haber podido marcar esa casilla luego de tanto tiempo (me los perdí en el Sonisphere del año pasado). El único punto bajo del set fue tener que lidiar con el mega-mullet de Joey Belladona, que ante mis ojos lo hacía lucir como uno de estos ecuatorianos que tocan flauta de pan en las estaciones de Metro de Madrid. Era muy confuso ver semejante estampa cantando “Anti-Social” en lugar de “El Cóndor Pasa”.


A mitad de tarde, un Tom Araya muy sonriente se subió al escenario para dirigir a Slayer en uno de los mejores sets del día. Esta vez la banda parecía haberse librado de la anemia que los invadió el año pasado, con Tom haciendo coros decentes y Kerry King incluso caminando de un lado a otro de la tarima (no se le puede pedir mucho más considerando que tiene buena parte de la producción mundial de hierro colgando de la cintura). De hecho, tan bien se la pasaron que al final del show, Tom Araya sacó su iPhone 4 y nos hizo a todos una foto. O un video, la verdad no sabría decir, pero lo cierto es que Slayer demostró que aún pueden patear uno que otro trasero.


Luego vino la única decepción de la noche: Megadeth. Me jode decirlo pero ya no son los mismos, no me divertí mucho viéndolos. Es más, no les presté atención porque a la tercera canción ya me habían perdido. No sabría explicar por qué y si me pongo a pensar en razones, lo más probable es que no consiga ninguna pero el de Megadeth fue un set que terminó convirtiéndose en una oportunidad estupenda para ir al baño y comprar más cerveza. Tanto así, que en lugar de colgar “Sweating Bullets” voy a cederle el puesto a Billy.
[vimeo http://vimeo.com/24524593]
Finalmente, a las nueve y tantas de la noche, llegaba la hora de ver a Metallica por quinta vez. Minutos antes, recuerdo haber predicho vía Twitter el posible opener del set (aposté mis fichas a “Creeping Death” e incluso me animé a decir que incluirían “Hit The Lights” en el setlist) y justo en ese momento, empezaron a sonar las primeras notas de “Ecstasy of Gold”. Ansiedad, euforia, sudor, olor corporal y manos en forma de cuernos del diablo, todo junto y multiplicado por cincuenta mil. El más grande de los Big 4 estaba apunto de adueñarse de Knebworth.

Justo en ese momento, inadvertidamente, Lars empezó su camino hacia la redención. El setlist de aquella noche fue sencillamente fantástico aunque Ross, a quién veían cámara en mano al principio del video, diga lo contrario. Esa noche toda la mierda vista en “Some Kind Of Monster”, las demandas en contra de los usuarios de Napster, el sonido del redoblante en “St. Anger” y los miles de millones de momentos en los que Lars demostró ser un completo imbécil quedaron neutralizados por la emoción que generaba cada canción autoritariamente impuesta por él en aquella mítica lista.

Aquella noche también descubrí que “Hit The Lights” es un gran opener y que “Creeping Death” tiene potencia suficiente para cerrar cualquier show y dejarlo en una cúspide casi orgásmica. Vale, exagero un poco pero pillan la idea. En cuanto a la orgía de la que hablaba al principio, pues no hay mucho qué decir, todo está documentado en video con audio de mediana calidad que aún así logra ilustrar de manera bastante decente la asombrosa convergencia de 5 bandas legendarias en unos pocos metros cuadrados.


Para el momento en que las últimas notas del set de Metallica terminaban de castigar mis oídos, el reloj de mi teléfono marcaba las 11pm. Traté de salir lo más rápido posible en medio de un ejército de borrachos con pelo largo y barbas frondosas pero entre la euforia y la falta de luz, terminé caminando hacia el lado equivocado del parque y cuando me di cuenta ya prácticamente todo estaba perdido. Treinta minutos de recorrido en la dirección incorrecta, justo el tipo de cosas que uno echa de menos cuando se está en un pueblo a las afueras de Londres, al borde de la medianoche, corriendo el riesgo de perder el último tren de vuelta a casa. Como pude traté de orientarme y luego de preguntar 6 veces, finalmente di con el lugar donde un par de autobuses se turnaban para llevar de vuelta a la estación de trenes a las cientos (quizás miles) de personas que encontraron la salida correcta primero que yo.

En condiciones normales habría ido hasta el final de la fila y habría esperado mi turno pero tenía mucho que perder aquella noche, entre otras cosas el ticket de tren por el que había pagado 15 libras al principio del día. Cuidadosamente bordeé uno de los autobuses y sin dudarlo me colé entre el grupo que desordenadamente intentaba subirse a él. Mis padres me diseñaron especialmente para ejecutar este tipo de operaciones y cuando las circunstancias me ponen a prueba, respondo sin remordimientos. Una vez en la estación, una sonrisa pretenciosa iluminó mi rostro. Me le había colado a por lo menos 600 personas que seguramente no llegarían a tiempo para tomar el último tren a casa. No regrets.

Terminé la noche en el Burger King de King’s Cross con una double cheeseburger en una mano y una Coca Cola fría en la otra.

Era feliz.